2/11/09

Disfrute haciendo sacrificios: son inversiones de cara al éxito (II)



Si sacrificarse merece la pena, ¿por qué la gente hace lo que sea para evitarlo?, ¿por qué la gente se resiste a hacer sacrificios?, ¿por qué no está dispuesta a renunciar al placer del momento, en aras de una mayor satisfacción futura? Quizá se trate de la antigua actitud popular de tiempos de guerra, en los cuales los soldados decían, «come, bebe y sé feliz ahora, ya que mañana puedes morir», o quizá se trata de esa tendencia a no avanzar, propia de una generación que lo basa todo en el «ahora» y que quiere que sus demandas sean satisfechas de forma inmediata, como ocurre con la recompensa instantánea que esperan los niños.

Aquél que quiera lograr el máximo éxito, tiene que estar dispuesto a sacrificarse o, lo que es lo mismo, a invertir ahora para obtener com­pensación más adelante.

Para comprobar la validez de lo anterior, consideremos esto:

La mayoría de la gente, al alcanzar la edad de 65 años, tiene pocos ahorros, inversiones u otros valores, y eso que han formado parte du­rante 45 años de vida adulta de la sociedad más rica que se ha conoci­do. Si estas personas que pueden considerarse pobres, o casi pobres, hubieran invertido, solamente un 10 % de lo que ganaron, en una cualquiera, de entre los cientos de posibilidades de inversión «segura», estarían en muy buena posición económica y el sistema de la Seguri­dad Social podría suprímirse por completo.

Muchos jóvenes creen que no deberían de trabajar más de 35 ó 40 horas a la semana. Si se les pidiera que trabajaran más horas lo consi­derarían un sacrificio tan grande, que muchos de ellos tratarían de conseguir otro trabajo.

Millones de personas que desempeñan tareas que están siendo rá­pidamente asumidas por robots y ordenadores piensan que es dema­siado sacrificado aprender esas nuevas técnicas de las cuales existe una demanda cada vez mayor.

En vez de invertir una parte de lo que ganan, millones y millones de personas ceden a la tentación y efectúan compras siguiendo un plan de los del tipo, «no deberá hacer usted ningún pago en los primeros 48 meses».

Millones de estudiantes, en lugar de sacrificarse y aprender de ver­dad las asignaturas, utilizan cualquier procedimiento imaginable para aprobar el curso, con excepción del consistente en estudiar y aprender.

Sin embargo, también hay que decir que hay personas, de todas las edades, que resultan dignas de admiración por su fuerza de volun­tad y por su buen sentido a la hora de aceptar sacrificios.

Los médicos son uno de los grupos profesionales más respetados en nuestra sociedad. ¿Por qué? Porque hay que realizar enormes sacrificios para obtener la calificación correspondiente. Para llegar a ser médico hay que obtener unas notas excelentes, antes, y, después, so­meterse a un programa verdaderamente duro en la escuela superior de medicina. A partir de entonces comienza el verdadero sacrificio: hay que trabajar como residente o interno en un hospital para adquirir ex­periencia práctica.

Un interno trabajo 100 ó más horas a la semana con un sueldo muy bajo, tiene jornadas de hasta 36 horas seguidas, sin descansar ni dormir, y solamente disfruta de un día libre al mes.
Las personas que preparan a los médicos dicen que este programa tan extraordinariamente duro de trabajo es esencial para enseñar a los nuevos a adquirir la disciplina y el sentido de la responsabilidad que debe tener un médico. El servicio de adiestramiento para la medicina es muy duro, pero los que pasan con éxito la situación de internado, se sienten muy orgullosos de ello.

John Y., un joven médico amigo mío, es un ejemplo de ello. Le conozco desde que comenzó su formación premédica hace 10 años. Hace poco, me dijo: «He trabajado de 12 a 16 horas al día los siete días de la semana desde que comencé en la escuela superior. No me importa haberme tenido que sacrificar. Recuerdo que tú definías el sa­crificio como una inversión. Pronto seré un médico en activo y obten­dré una renta muy elevada en relación a la de la mayoría de la gente. Y, entonces, todos mis amigos que han tenido durante años un hora­rio de 9 de la mañana a 5 de la tarde me verán con cierta envidia por­que viviré mejor que ellos.»

Las observaciones de John hicieron que me acordara de otros jóve­nes que conozco y que se están sacrificando en la actualidad para obte­ner en el futuro una compensación superior. Pete W. trabaja en un ser­vicio de ordenadores. Tiene la máquina a su lado durante 168 horas a la semana. Y hace las llamadas del servicio de buen grado, ya que, como el dice, «es mi trabajo, me gusta y la empresa cree que hay que tener contentos a los clientes».

También conozco a una mujer de 32 años de edad que trabaja a jornada completa de secretaria y a tiempo parcial de camarera para ayudar a mantener a una hermana menor que padece una enfermedad de riñón incurable, cuyo tratamiento resulta muy caro.

El sacrificio es una inversión que significa más que simplemente dinero. El sacrificio proporciona una satisfacción profunda cuando ayudamos a otros a encontrar alegría en este mundo.

¿Se acuerda de la afirmación de A.J. Gouthey que he mencionado anteriormente? «Conseguir ganar algo sin arriesgar nada, lograr expe­riencia sin ningún peligro u obtener una compensación económica sin trabajar es tan difícil como vivir sin haber nacido.»

Permítame que cuente una vez más una vieja historia. Un rey muy rico quería resumir los factores que se necesitan para llegar al éxito. A tal efecto, pidió a las personas más sabias de su reino que le revela­ran el secreto. «Os daré diez años para que encontréis la respuesta», les dijo. Pasados los diez años, los sabios volvieron al rey y pusieron sobre su mesa 24 libros.

«Esto parece demasiado complicado», dijo el rey. «Tomemos otros diez años para hallar la verdadera respuesta.»

Diez años más tarde, aquellos brillantes estudiosos, regresaron. En esta ocasión pusieron sobre la mesa del rey solamente un libro.

«Esto resulta todavía excesivamente complicado»
, les dijo el rey. «Os doy otros diez años más para que encontréis la fórmula del éxito.»

Pasaron diez años más y los sabios, cada vez más viejos y débiles, volvieron y situaron un trozo de papel sobre la mesa del rey. En el papel estaba escrito, «no hay atajo sin trabajo».

El rey quedó encantado. «Por fin», dijo, felicitando a los sabios, «habéis encontrado la fórmula del éxito. No hay atajo sin trabajo.»

Los amigos, la felicidad, los logros, el dinero, el ascenso, las recom­pensas, el amor y cualquier otra cosa que merezca la pena, se obtienen, solamente, por medio del sacrificio.

Disfrute sacrificándose. El sacrificio le conduce al éxito.


David Schwartz

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