19/11/09

Entusiasmo más acción, igual a éxito


Piense en un automóvil último modelo, estupendo. Es muy caro, 100.000 de dólares. De diseño clásico. De primera categoría. Una obra de ingeniería de categoría mundial. Dotado de una preciosa tapi­cería hecha a mano, así como de un motor también fabricado a mano.

Pero se presenta un problema. El coche no arranca. ¿Por qué? Por­que no se ha instalado en él el sistema de encendido. Para un caso de emergencia, como tener que llevar a alguien al hospital, a toda veloci­dad, ese coche de 100.000 de dólares no es más que un montón de chatarra.

Ahora piense en alguien a quien conozca que ha tenido todas las facilidades en la vida. Cuando llega a la edad adulta, esa persona ha resultado «cara». Se han gastado miles y miles de dólares en alimentarle, vestirle, educarle y disponer de todo lo necesario para que se prepare para una carrera. El «diseño» de esa persona es estupendo, tiene una procedencia genética excelente, un aspecto ma­jestuoso y buena salud. La «ingeniería» ha sido de primera categoría; ha ido a los mejores colegios y universidades y está ataviada con la mejor ropa.

Pero, como en el caso del coche, hay un problema, Johnny, senci­llamente, no funciona. Su sistema de encendido psicológico falla, y no puede ponerse en marcha. En el mundo real, lleno de competitividad, los 25 millones de pesetas empleados en prepararle para el éxito se pierden irremisiblemente.

Las máquinas y los seres humanos tienen algo en común: hay que «entenderlos» para que empiecen a funcionar.

Recuerde:

 Los seres humanos nacen con un sistema de encendido psicológico. Este sentido tiene un nombre: entusiasmo.

El entusiasmo es algo completamente invisible e intangible. Y, sin embargo, sus resultados pueden verse a diario. Cuando usted ve a un atleta batir un «récord», está viendo entusiasmo puesto en acción. Una familia con poco dinero, que hace un esfuerzo para que sus hijos obtengan una buena formación, un vendedor que obtiene los máximos resultados, una persona que pide un trabajo y lo consigue, una perso­na «normal» que llega a millonario, un individuo con la habilidad de hacer cambiar la opinión de la gente, una pareja que consigue que su matrimonio funcione de maravilla; todas estas personas tienen un gran entusiasmo.

Como ve, el entusiasmo es la adrenalina psicológica que hace que su mente, cuerpo y voluntad trabajen para asegurarle la victoria, a pe­sar de lo duro que ésta resulte, dadas la competencia, las limitaciones económicas y otros muchos inconvenientes.

Todo el mundo nace con entusiasmo. Lo primero que hace un re­cién nacido es gritar con enorme entusiasmo. Si una persona adulta diera un grito de intensidad tantas veces mayor, cuanto mayor es su peso, el sonido se oiría a una milla de distancia.

Pero pronto ese espíritu lleno de corazón y honestidad se va desin­flando. La gente empieza a manipular el sistema de encendido psicoló­gico del jovencito. Y el niño empieza a oír frases como «no lo hagas», «deja de hacer eso», «no deberías», «ya deberías saber», «eres tonto», «¿es que no puedes hacer nada bien?» y otro tipo de indicaciones que solamente le hacen perder su entusiasmo.

Las palabras de encomio, ánimo o alabanza son infrecuentes. Con el paso del tiempo, el chico o la chica encuentran su seguridad a base de no proyectar hacia el exterior su verdadera personalidad. El entu­siasmo con el que nacieron es reemplazado por el conformismo. Y dado que el conformismo es simplemente anodino, falto de entusias­mo y vulgar, la mayor parte de la gente, cuando llega a la edad adulta, ha perdido sus ansias de llevar una vida interesante, positiva y llena de alegría. Se han hecho intentos de explicar el fenómeno de la geniali­dad: ¿por qué hay personas que triunfan de forma anormal en la cien­cia, en los negocios, las artes o la tecnología?

Una teoría, que durante muchos años tuvo gran aceptación popu­lar, proponía la idea de que los individuos que se salen de lo común están dotados de cerebros de mayor tamaño que la gente normal. Pero algunos experimentos en los que se pensó, de hecho, el cerebro de va­rias personas prominentes, demostraron que no había diferencias con respecto al peso medio de las personas más comunes.

A menudo se ha considerado que una mejor educación podría ex­plicar la diferencia. Sin embargo, ni Einsten, que revolucionó la for­ma de pensar en la física, ni Von Braun, que fue el pionero en la explo­ración espacial, obtuvieron título de doctor. Muchos de nuestros más grandes artistas, de nuestros mejores ejecutivos de negocios, empresa­rios, granjeros y filósofos, tienen una educación formal limitada. De hecho existe un verdadero problema en la cuestión de la educación formal. La gente se queda muy tranquila pensando que, por el mero hecho de que les den un titulo, que no es más que un pedazo de papel, tienen el éxito asegurado.

Un científico, ganador reciente del premio Nobel de Química, dijo:

«Estoy totalmente obsesionado con la química. Es mi vida. Vivo para lograr explicar la naturaleza de la materia.» Esta obsesión o entusias­mo es lo que explica su éxito.

La cantidad de entusiasmo que tenemos, en potencia, todos nosotros, es ilimitada. Todos tenemos la posibilidad de hacer uso de la cantidad de entusiasmo que queramos. Si nos entregamos con poca fuerza, el resultado que obtendremos será pequeño. Pero si ponemos mucha energía en lo que hagamos, lograremos grandes éxitos. Uno consigue lo que quiere en proporción directa al entusiasmo que se pone en lo que se hace. Un gran éxito siempre está acompañado por un gran en­tusiasmo. Por el contrario, los fracasos siempre suelen estar unidos a la falta de entusiasmo.

Kenneth Blanchard

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