9/10/09

Inteligencia: la construcción de un concepto

Se ha dicho con razón que la psicología tiene un pasado largo pero una historia corta. Durante miles de años, desde los albores mismos de la historia, la gente se ha esforzado por resolver los problemas psicológicos, a pesar de lo cual el desarrollo de la ciencia de la psicología apenas si tiene cien años.

Ya Platón y Aristóteles estudiaron el concepto de «inteligencia», pero los esfuerzos para medir esta importante variable sólo han alcanzado éxito en este siglo. La tarea ha estado rodeada de malentendidos, así que quizás resulte útil trazar, aunque sea en forma breve y sin entrar en detalles, el desarrollo inicial del concepto que constituye nuestro tema esencial.

Igual que la mayoría de los conceptos científicos, éste partió de la observación diaria.

El concepto de temperatura surgió de las diferentes sensaciones que el fuego y la luz solar, de una parte, y la nieve y el hielo, de otra, producían en los humanos: de esta forma, nacieron las nociones de «frío» y «caliente», que se convirtieron en tema de estudio científico. Asimismo, el concepto de inteligencia surge de la observación de la gente que intenta resolver problemas o aprender cosas difíciles y que exigen esfuerzo como las matemáticas, las lenguas o la historia; hay personas que dan la impresión de no encontrar dificultad alguna en todo esto y salen adelante con brillantez; otras, en cambio, son muy lentas y a menudo fracasan rotundamente.

Algunos países, como la antigua China, se han servido de los exámenes de la Administración Pública, basados en este tipo de aprendizaje, para seleccionar las élites gobernantes: estos exámenes han sido, con toda probabilidad, un viejo antecedente de nuestras modernas técnicas académicas de selección.

Platón, al tratar de la mente o alma, distinguía claramente tres aspectos básicos a los que llamaba inteligencia, emoción y voluntad; en un pasaje célebre de Fedro, presenta una pintoresca analogía en la que se compara la inteligencia con un auriga que lleva las riendas, mientras que la emoción y la voluntad representan los caballos que tiran del carro. La primera, guía y dirige; las segundas suministran la fuerza motriz. Aristóteles simplificó esta división ternaria; contrapuso la capacidad intelectual o cognitiva a la oréctica o apetitiva que abarcaba a la vez emoción y voluntad.

Cicerón hizo una aportación definitiva al traducir el concepto platónico y aristotélico de capacidad cognitiva o intelectual por la palabra intelligentia. Así nació el concepto de inteligencia.

De igual modo, los griegos estaban familiarizados con otras nociones que desempeñan un papel importante en el tratamiento del tema en la actualidad. Así Platón traza una clara distinción entre naturaleza y educación, al explicar las diferencias individuales de inteligencia y personalidad, se inclina abiertamente por una explicación genética. Así lo demuestra la famosa fábula de los diferentes metales, quizás el primer reconocimiento nítido en toda la historia de la importancia que tienen las diferencias individuales.

Escribe Platón: «El Dios que te creó ha usado diferentes metales en la composición del ser humano: oro en los que están destinados a mandar, plata en los que han de ser sus brazos ejecutores, y una mezcla de hierro y latón en aquellos cuya tarea ha de consistir en labrar la tierra o fabricar productos».

Asimismo, reconoció la existencia de la regresión genética (la tendencia de unos padres muy inteligentes o muy torpes a tener hijos que representan un término medio, es decir, ni tan inteligentes ni tan torpes como ellos).

Sigue diciendo Platón: «Con todo, ocasionalmente, un padre de oro engendra un hijo de plata, o un padre de plata engendra un hijo de oro; en ciertas ocasiones, cualquier tipo de padre puede engendrar cualquier tipo de hijo».

Por eso, Platón considera que la función más importante de la República consistía en asignar a cada persona las obligaciones y tareas que estuvieran más de acuerdo con su capacidad innata: «Los gobernantes, por tanto, han recibido de los dioses este mandamiento supremo: ante todo, estudiar y ver de qué metal se compone cada niño para asignarle el destino que corresponda a su composición».

Todo fracaso en este campo tiene graves consecuencias, «pues un oráculo ha predicho que nuestro Estado quedará condenado al desastre tan pronto como su administración caiga en manos de los hombres de metal inferior». La moderna sociedad meritocrática está a punto de realizar al menos algunos de los sueños de Platón, aunque, por supuesto, sería desacertado considerar la inteligencia en sí misma como el equivalente de la diferenciación platónica entre los hombres de oro, plata, hierro o latón.

Aristóteles hizo otra aportación fundamental al contrastar la actividad o conducta observada de hecho con cierta capacidad hipotética latente de la cual aquella dependía; de esta forma llegamos a la noción de aptitud. La inteligencia es una aptitud que puede mostrarse o no en la práctica, y que tiene que deducirse de la conducta observada mediante el uso de ciertas reglas científicas propias de todo procedimiento experimental.

En este artículo nos limitamos a apuntar la importancia de estos conceptos de estructura latente como son las aptitudes (en conexión con la función cognitiva), los rasgos (en conexión con la personalidad) y las actitudes (en conexión con las posturas y opiniones sociales).

A lo largo de la historia, los filósofos se han interesado más por los temas intelectuales que por los volitivos; no resulta, pues, extraño que en los tiempos modernos haya sido un filósofo, Herbert Spencer, quien formulara la teoría de la inteligencia que aún está en vigor en amplios sectores. Todo acto de conocimiento, sostiene Spencer, comprende un doble proceso, analítico o discriminativo por una parte, sintético o integrativo por otra; su función esencial consiste en capacitar al organismo para que se adapte a un medio complejo y siempre cambiante. Durante la evolución del reino animal, y durante el desarrollo de todo niño, la capacidad básica cognitiva «se va diferenciando progresivamente en una serie jerárquica de aptitudes más especializadas»; más adelante volveremos a encontrarnos con estas aptitudes especializadas (oral, numérica, perceptiva, etc.).

Ahora baste con señalar que fue Spencer quien resucitó el término «inteligencia» para designar las características básicas de toda manifestación y diferenciación cognitiva. Mediante su recurso a la evolución y su insistencia en el estudio empírico de la inteligencia animal. Spencer añadió elementos biológicos a las generalizaciones que los clásicos griegos habían hecho a partir de la observación.

Los fisiólogos desarrollaron un tercer enfoque, del cual son muestra el trabajo clínico de Hughlirtg Jackson, las investigaciones experimentales de Sherrington y los estudios microscópicos sobre el cerebro realizados por Campbell, Brodman y otros; todos ellos han contribuido enormemente a confirmar la teoría de Spencer de una «jerarquía de funciones neurales», con una actividad básica que evoluciona, a través de etapas claramente definidas, hacia formas superiores y más especializadas.

Así, en el cerebro humano adulto se pueden percibir, con la ayuda del microscopio, diferencias destacadas en la arquitectura de las distintas áreas y de las capas celulares, especializaciones que aparecen y se desarrollan progresivamente durante los primeros años de la infancia. Según las anteriores investigaciones el cerebro actúa siempre como un todo; su actividad,

Como Sherrington ha señalado, «no es indiferenciadamente difusa, sino estructurada; esta estructuración siempre «supone e implica una integración». Basándose en una asombrosa actividad investigadora Lashley ha formulado el concepto de «acción de masa» (mass action) del cerebro, que varios escritores identifican, teóricamente, con la inteligencia.

Sobre la base de tales antecedentes en el campo de la observación, la biología y la fisiología, los primeros psicólogos comenzaron a elaborar teorías de la inteligencia y esquemas para su medición. Comenzaron con una teoría bien definida y elaborada que consideraba la inteligencia como una aptitud cognitiva completa e innata; fundamentada en la estructura anatómica y en el funcionamiento fisiológico del córtex; una aptitud que tenía, por otra parte, importantes consecuencias sociales.

Además de esta aptitud general, la teoría concibió otras aptitudes especiales como la oral, la numérica, la perceptiva y otras más, todas ellas diferenciadas de la aptitud mental de carácter general a través de la evolución filogenética y ontogenétjca. Por supuesto, dicha teoría necesita una verificación experimental; no se puede suponer que la simple formulación de una teoría baste para probar su validez. Puede ser falsa parcial o globalmente; también puede darse el caso de que haya teorías alter nativas que se ajusten mejor a los hechos.

Vamos a decir aquí unas breves palabras acerca de la naturaleza de los conceptos. Se debe distinguir claramente entre cosas y conceptos. La mesa en que escribo, la silla en que me siento, el despacho donde trabajo, todo esto son «cosas» que tienen una existencia que no tienen, en cierto sentido, conceptos tales como inteligencia, gravitación o temperatura. Es probable que los filósofos discutan hasta la existencia misma de las «cosas», o que, al menos, debatan el significado del término «existir»; pero no es probable que nieguen que las cosas y los conceptos son diferentes en un sentido realmente profundo.

Platón, en efecto, consideró los conceptos ("ideas") como realmente existentes, y las cosas únicamente como pálidos reflejos de las ideas perfectas, almacenadas en los cielos; pocos filósofos modernos le seguirían hoy por ese camino. La distinción es importante, ya que nos sugiere inmediatamente que existen preguntas que no se pueden formular acerca de los conceptos, pero que sí se pueden hacer, y con pleno sentido, acerca de las cosas. Así, podemos preguntar: «¿Es esto un escritorio?» o «¿Hay un escritorio en esta habitación?», y esperar una respuesta verdadera que tenga sentido.

Todo lo que necesitamos es una definición del término «escritorio»; si la tenemos, podemos responder a cualquier pregunta objetiva sobre los escritorios. Pero ¿cómo se puede definir un concepto? En el caso del escritorio se puede recurrir a las propiedades concretas del objeto real: tiene una superficie, cuatro patas, cajones, etc. Pero un concepto no tiene tales propiedades concretas. ¡Un concepto es una abstracción! Los conceptos se inventan, no se descubren; esto es cierto no sólo de la inteligencia sino también de los conceptos científicos. ¿Cómo podemos, entonces, definir un concepto o responder a una pregunta como ésta: «¿sabe uno que un test de inteligencia mide realmente la inteligencia?»

Robert Sternberg (1977) ha vuelto a la concepción original de Spearman según la cual la inteligencia no es sólo un concepto estadístico sino también psicológico, y ha demostrado cómo el análisis psicológico de Spearman sobre la inteligencia se puede desarrollar mediante un poderoso paradigma experimental.

Arnold B. Scheiber

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