6/10/09

Las 17 Reglas del Éxito (VII)

REGLA NÚMERO CATORCE:
Uno logrará su gran sueño, un día a la vez, así es que hay que fijar metas para cada día – no proyectos largos y difíciles, sino tareas que lo llevarán a uno, paso a paso, hacia su arcoiris.
Debe anotarlas, si así le parece, pero hay que limitar la lista de manera que no se tengan que arrastrar las cuestiones inconclusas de hoy hacia el mañana. Hay que recordar que uno no puede construir su pirámide en veinticuatro horas. Hay que ser paciente.

Nunca debe dejar que su día esté tan lleno de actividades que se descuide la meta más importante – hacer lo mejor que pueda, disfrutar este día y mantenerse satisfecho con lo que ha logrado.

Fijar metas es fácil. Al igual que ocurre con las resoluciones de Año Nuevo, cualquiera de nosotros puede hacer una larga lista de las cosas que espera lograr en el futuro.... pero luego seguimos viviendo exactamente como el pasado.

Abordemos una vez más ese proyecto elusivo pero necesario, y permítame que le ayude, amigo lector. Primero, una advertencia. Cualquier meta que lo obligue a trabajar día tras día y año tras año, durante tanto tiempo y con tanto esfuerzo que nunca tenga tiempo para usted mismo ni para sus seres queridos, no es una meta sino una condena... una condena a toda una vida de infelicidad, no importa cuánta riqueza y éxito logre.

A menudo se nos dice que la “ida es un viaje” Los supuestos expertos en la motivación utilizan la expresión incesantemente, las solapas de los libros la proclaman y uno la puede oír en una gran cantidad de cintas: "la vida es un viaje" Suena tan elocuente que debería ser cierta. Esta gran sabiduría debería ir compañada, por lo menos, de música de órgano.

Lo que esa expresión boba nos está diciendo es que uno debe combatir, luchar y trabajar horas interminables para alcanzar la primera meseta del éxito. Pero, un momento, eso no es suficiente. La vida es un viaje. Así que tome aliento, pídale a sus seres queridos que se hagan a un lado y continúe afanándose y luchando, días y noches, hasta que en algún momento llegue a su segunda meseta. ¡Fabuloso! ¿Que si ahora puede descansar? ¡Qué lástima! Es un viaje, amigo mío, así que tome alimento y siga luchando y sudando y agonizando hasta que llegue a la siguiente meseta y luego a la siguiente.

Y luego, un día...

León Tolstoi, el brillante novelista ruso, no dejó una valiosa alegoría sobre cómo el hombre siempre ha fracasado en la consecución de metas que tienen muy poca relación con nuestra felicidad y con el disfrute del breve lapso que pasamos en la tierra. Un campesino de nombre Pakhom está seguro de que tendrá un gran éxito cuando finalmente tenga un terreno tan grande como los terrenos que no tienen las vastas propiedades de la élite de la nobleza rusa.

Esa es una meta. Llega el día en que le hacen una oferta sorprendente – se le concederá, sin costo, todo el terreno que él mismo pueda rodear corriendo desde el amanecer hasta el ocaso.
Pakhom vende todo lo que tiene con el fin de trasladarse al lejano lugar donde se le hizo esta oferta. Después de muchas penalidades, llega allá y se pone de acuerdo para aprovechar su gran oportunidad al día siguiente.

Al amanecer, Pakhom comienza a correr a una velocidad vertiginosa. Pasa corriendo bajo el brillante sol matinal, con la meta fija ante los ojos, sigue corriendo bajo el intenso calor, sin ver a diestra o siniestra. Todo el día continúa al mismo ritmo, sin detenerse si a comer, ni a tomar agua, ni a descansar; su propiedad aumenta a cada zancada. Finalmente cuando el sol se pone más allá del páramo y las sombras envuelven la tierra, Pakhom avanza titubeante hacia la meta. ¡Victoria! Logró su objetivo. ¡Éxito!

Y entonces... al dar su último paso, Pakhom cae muerto de agotamiento. Toda la tierra que ahora necesita... son dos metros.

El éxito no es un viaje. Este día, al igual que todos los demás, es un don especial de Dios.

Uno debe fijarse metas de modo que cumpla su potencial para el día, incluso corriendo ese kilómetro adicional, pero hay que dejar que algunas de esas metas le den a uno gozo, sonrisas y paz. Y uno debe planear esas metas diarias de tal manera que no sean sino pasos a lo largo del camino hacia los grandes sueños que uno guarda secretamente en su corazón.
Hay que darse todas las oportunidades de triunfar, y si se fracasa, que haya sido después de intentar el triunfo.

Habría que escuchar a Séneca, ese sabio de la Antigua Roma: “La verdadera felicidad consiste en disfrutar del presente, sin depender ansiosamente del futuro, sin entretenernos ni en esperanzas ni en temores, sino descansando satisfechos de lo que tenemos, lo cual es suficiente, pues quien es feliz no desea nada. Las grandes bendiciones de la humanidad están dentro de nosotros y a nuestro alcance. El sabio se contenta con su suerte, sea cual sea, sin desear lo que no tiene”.

A pesar de una larga e ilustre carrera, recompensada tanto con reconocimiento del público como con bienes materiales, un gran cómico estadounidense admitió recientemente en una entrevista que nunca se había sentido seguro de su éxito. Dijo:

"Tengo la sensación, a veces, de que una mañana voy a despertarme y todo se habrá ido. Alguien va a decir: “Esto es todo, muchacho, se acabó todo par ti”.

Y así, aunque tiene mas de sesenta años, este hombre tan talentoso como Pakhom, hace interminables apariciones en teatros, centros nocturnos, en películas y en televisión.

Sus seguidores están encantados de que lo haga, pero yo desearía que también se detuviera a aspirar el perfume de esas rosas una que otra vez, antes de que todos los pétalos se caigan.
Todos estamos atrapados en el remolino del cambio, como nos lo advirtió Schopenhauer, donde la persona, si quiere por lo menos mantenerse erguida, debe siempre avanzar y moverse, como un acróbata en la cuerda floja. Hay una mejor manera de vivir.

REGLA NÚMERO QUINCE:
Uno no debe permitir nunca que nadie le eche a perder su desfile y de esa manera arroje una sombra de tristeza y derrota en todo el día.
Hay que recordar que no se requiere nada de talento, ni abnegación, ni inteligencia, ni carácter, para estar en el equipo de los que encuentran fallas. Nada externo puede tener poder sobre una a menos que uno lo permita. El tiempo es demasiado precioso para sacrificarlo en días desperdiciados combatiendo las fuerzas rastreras del odio, los celos y la envidia.

Usted debe proteger cuidadosamente su frágil vida. Únicamente Dios puede crear la forma de una flor, pero cualquier niño puede hacerla pedazos.

La vida, según nos dijo Montaigne, es algo tierno que puede lastimarse con facilidad. Siempre hay algo que puede marchar mal. A menudo, los contratiempos más ligeros y pequeños son los más inquietantes y, al igual que las letras pequeñas son las que más nos cansan los ojos, estas pequeñas vejaciones son las que más nos perturban y ensombrecen nuestro día, si lo permitimos.

Los humanos somos animales extremadamente frágiles. Podemos despertar con una canción en los labios y una gozosa anticipación de las horas por venir en nuestros corazones, y luego permitimos que palabra severas de otro humano o el embotellamiento del tránsito, o el derrame de una taza de café nos arruinen todo el día.

Uno no debe permitir nunca que nadie, ni nada, le arruine su desfile. Siempre habrá detractores, críticos o cínicos que sienten envidia de uno, de sus habilidades, de su trabajo y de su manera de vivir. No hay que tomarlos en cuenta. Son como una campana en un paso elevado, que tañe con durezas y en vano mientras pasa rugiendo el tren. Las horas y los días de uno son demasiado valiosos para molestarse con este grupo de envidiosos que nunca ven una buena cualidad en ningún ser humano pero que nunca dejan de ver una mala cualidad.

Son búhos humanos, vigilantes en la oscuridad y ciegos en la luz, al acecho de sabandijas pero incapaces de ver una buena presa. Nadie puede nunca distraernos de ser felices o hacer lo mejor que podemos hacer... a menos que le demos permiso para ello. Hay que recordar que quien puede reprimir una ira momentánea puede impedir todo un día de tristeza.

Las pequeñas aventuras y los comentarios hirientes de cada día, si se les toma mucho en cuenta y se les magnifica, pueden hacerle un gran daño a uno, pero si uno los pasa por alto y los saca de su mente, gradualmente pierden toda su fuerza. Los detractores están en todas partes. Hay que recordar que la envidia, al igual que el gusano, siempre se siente atraída por la mejor manzana. Franklin dijo una vez que quienes se desesperan por alcanzar la distinción con sus propios esfuerzos, se sienten felices cuando es posible rebajar a otros a su nivel.

Uno no puede progresar en la vida si vive como ermitaño, así es que hay que entrar en contacto con el mundo y su desfile de desventuras y críticas, pero sin permitir nunca que le echen a perder su desfile. Hay que alejarse de los envidiosos.

Nunca debe responderse a su envidia y veneno con la misma moneda. Debe tenerse presente que incitar el fuego para el enemigo equivale a quemar toda la casa para deshacerse de una rata. No hay que rebajarse nunca a su nivel.

Boooker T. Washington, quien se elevó desde la situación degradante y desesperada de la esclavitud, nos dio a todos una lección especial sobre cómo vivir una vida mejor cuando escribió: “No permitiré que nadie rebaje mi alma haciéndome odiarlo”. Piense usted, amigo lector, en estas palabras la próxima vez que alguien trate de rebajarlo hasta su nivel.

Nada externo puede tener poder sobre mí. Deje que este sea su lema, al igual que fue el de Walt Whitman, y con él se mantendrá tranquilo a lo largo de cualquier día.Hace muchos años, un domingo muy temprano, estaba sentado en una cafetería tejana precisamente en las afueras de El Paso; disfrutaba mi desayuno y también me divertía con una camarera vivaz animada de rubia cabellera que sonreía y bromeaba con todos los clientes mientras corría de mesa en mesa con las órdenes. Era alguien que evidentemente disfrutaba su trabajo y su vida, y su actitud era contagiosa. Esa mañana, todos nos sentimos un poco mejor gracias a ella. Mientras me tomaba mi segunda taza de café, pensando en el largo viaje que me esperaba, un hombre de edad con un portafolios abultado se dejó caer en el siguiente banquillo, echó un rápido vistazo a la carta e hizo señas a nuestra pequeña camarera. Ella se le acercó contoneándose, le lanzó su mejor sonrisa tejana y le dijo:

- Lindo día, ¿verdad?

El viejo caballero torció la boca y le contestó con un gruñido:

- ¿Qué tiene de lindo?

La sonrisa de la bella rubia no se inmutó:

- Vaya, señor, nada más intente perderse algo de un día como éste, ¡y ya verá!

Uno controla su vida. Si alguien le echa a perder su desfile y le arruina el día, es únicamente porque uno lo permitió. Nunca más, ¿de acuerdo?

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